La realidad del trabajo en Chile y el golpe de la pandemia

Desempleo y desigualdad para el pueblo trabajador

Economistas de todas las líneas de pensamiento y tendencias políticas avizoran que estamos frente a una de las mayores crisis económicas y recesiones de las últimas décadas, la que es de escala mundial y consecuencia de la expansión del Covid-19 (SARS-COV 2) por todo el planeta.

El temor al contagio y las medidas de aislamiento social paralizaron o impidieron la mantención de la producción en los niveles que el capitalismo mundial acostumbraba. La reacción del empresariado tanto transnacional como en cada uno de los países afectados fue despedir o desprenderse de los trabajadores como una carga dispensable. La cesantía y la baja en los salarios se expandieron rápidamente afectando la capacidad de compra de la población, impactando nuevamente su situación económica y por tanto profundizando la crisis. El ciclo continúa desarrollándose.

En el mundo las industrias más golpeadas han sido, en orden de mayor a menor, Turismo y Hotelería, Aerolíneas, Petróleo y gas, automotoras, consumo de productos y productos electrónicos. En Chile hay más de 3,5 millones de personas que no tienen un contrato de trabajo y que, por lo tanto, no tienen garantizados sus derechos laborales según la legislación vigente.  Estos han sido rápidamente golpeados, siendo el sector que lidera los despidos en nuestro país el comercio seguido de la construcción, servicios comunales y sociales, transporte y comunicaciones.

Las empresas han aceptado rápidamente el teletrabajo argumentando que otorga mayor flexibilidad para sus trabajadores y disminuye la congestión en las ciudades. Sin embargo, el teletrabajo es una oportunidad desigual. Solo el 25% de los trabajadores y trabajadoras chilenas puede “teletrabajar” total o parcialmente y estos son quienes tienen mejor calificación profesional: profesionales de la educación, servicios financieros, trabajos corporativos y profesionales fuera del área de la salud. Por tanto, la calificación profesional se asocia con el sustento y la liquidez necesaria para sortear períodos de desempleo en el contexto de la crisis actual.

Rápidamente hemos visto cómo la pandemia ha evidenciado la miseria en los sectores pobres de la clase trabajadora del país. Justamente esta mayoría trabaja en la construcción, el retail, las líneas de abastecimiento y otros sectores, muchos trabajan en la informalidad o por cuenta propia. Son quienes han sido descartados rápidamente por el capital. La inmensa mayoría que no puede teletrabajar. Quienes han quedado fuera de las limitadas opciones que la segregación de la educación del mercado permite y han sido relegados a trabajar para sobrevivir, reproduciendo una condición de vida completamente indigna apenas con lo mínimo para comer.

La tasa de desempleo en Santiago se ha alzaba en mayo por sobre el 11,2%, siendo esta última la mayor de toda la década [1] y siguió subiendo. Este valor destaca ya que el promedio en este período ha sido siempre cercano al 7,0%, con una desviación estándar de 0,8%. Sin embargo, la cifra no considera a quienes en capacidad de trabajar no están buscando empleo por el miedo al contagio y la enfermedad, lo que subestima la tasa de desempleo. Por otra parte, la Ley de protección al empleo, instalada por el ejecutivo con apoyo del congreso, aporta a la subestimación de las cifras de desempleo debido a que estas se tapan con lo que se ha llamado “congelación del contrato”.

Debido a la “Ley de protección al empleo”, las y los trabajadores han debido echar mano a sus ahorros en fondos de cesantía. Sin embargo, lo cierto es que las extensas cifras de trabajo sin contrato, más la intermitencia de los períodos de empleo hacen que esta política sea un salvavidas para el empresario más que para el trabajador. Finalmente, de una manera metodológica se considera como persona ocupada aquella que trabaja por lo menos una hora a la semana y recibe una remuneración por dicho trabajo [2]. De esta manera, dentro de la tasa de empleo se oculta una cantidad importante de empleos precarizados. De esta forma, las cifras de empleabilidad subestiman la incapacidad de solvencia económica de las familias chilenas. Ya comienzan a anunciarse cifras de desempleo por sobre el 20%, lo que se ajustaría mejor a la realidad del trabajo en Chile y el fuerte impacto que la pandemia ha provocado en el equilibrio económico neoliberal.

El valor del trabajo como potencial humano

El trabajo actualmente se comprende desde su dimensión puramente económica pero no se reconoce ni se pone por delante el hecho de que este es la capacidad del ser humano para modificar la realidad. El trabajo es la expresión de capacidades físicas e intelectuales y por lo tanto no puede ser comprendido simplemente como una forma para producir bienes o mercancías, sino la manera en que el ser humano logra un propósito y se enriquece en su rol hacia la sociedad. El ser humano cuenta, por tanto, con una capacidad única dentro de las especies que pueblan el planeta, es que ni más ni menos que el potencial de producir algo para que beneficie a toda la población, incorporando la naturaleza para llevarla a un siguiente nivel de beneficio universal.

Por otra parte, el trabajo como actividad humana tiene un carácter esencialmente social. Si bien, el trabajo se ejerce de manera individual ya que se realiza por medio de poner en marcha las capacidades corporales y mentales de un sujeto, este solo expresa su capacidad productiva al ponerse en marcha junto a otros sujetos debido al carácter social del trabajo.

En el capitalismo, esta capacidad humana se entiende como una actividad “enajenada” ya que se comprende y siente como una acción que produce agobio, sufrimiento, cansancio y malestar físico y mental debido a la relación entre el ser humano y su actividad laboral. Este se contrapone al “ocio” como fuente de placer y goce, y el trabajo como un sacrificio que se debe realizar para poder sobrevivir. Lo anterior debe ser comprendido como elemento fundamental de la estructura productiva capitalista: en primer lugar, se debe trabajar para otros para la propia subsistencia. En segundo lugar, el producto del trabajo aparece ajeno al trabajador y opuesta a él, cuyo única forma de aprehenderlo es consumiéndolo como una mercancía para sobrevivir. En tercer lugar, la actividad laboral es un espacio hostil y de dominación que degrada las cualidades humanas y finalmente, al comprenderse la actividad laboral como un medio para la mera subsistencia individual el trabajador o trabajadora se ve enfrentado a los demás y en competencia al resto para lograrlo.

La dicotomía entre el trabajo para sobrevivir y el trabajo para la realización personal y social deja en evidencia cómo la situación actual del pueblo trabajador es de miseria e impotencia. Revela que bajo el marco de una sociedad capitalista son los intereses de una determinada clase, que domina sobre otra, los que se ponen primero frente a los de la inmensa mayoría que no tiene los medios para sustentar su vida, mientras no sean capaces de vender su fuerza de trabajo. Esto último deja en evidencia la desigualdad profunda entre explotadores y explotados. La crisis económica, tal como ocurre en todas las crisis periódicas del capitalismo se superará, pero a costa del sacrificio de los eslabones más débiles dentro del ordenamiento económico.

La realidad es que esta crisis revela lo que el neoliberalismo chileno mantenía velado, las condiciones de vida y de trabajo indignas en las que está sumida la inmensa mayoría obrera y trabajadora de nuestro país. La ideología dominante y la división social del trabajo justifican el desapego de los trabajadores con el producto de su esfuerzo, lo que termina siendo plasmado en los discursos que llaman a “salvar la economía” como si fuese algo contrapuesto a asegurar las condiciones de existencia de cada trabajador. Sin embargo, es este trabajo el que mueve el motor de la  economía nacional, y la clase dominante lo tiene claro.

Esta crisis económica es terrible para nuestra vida y la de nuestro pueblo, pero también permite que comprendamos la importancia que tenemos en la generación de riqueza y en la construcción de nuestro propio futuro, que soñamos que sea distinto, más justo y con más oportunidades para desarrollar nuestro máximo potencial. Citando a Marx “Las clases dominantes pueden temblar ante una Revolución Comunista. Los proletarios no tienen nada que perder en ella más que sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo que ganar”.

La alternativa popular

La necesidad de una alternativa revolucionaria organizada sigue latente y más vigente que nunca en la historia contemporánea de nuestro país. La izquierda con intención de transformación radical de la sociedad debe organizarse para proponerle al conjunto del pueblo una estrategia revolucionaria que incluya dentro de sí una perspectiva nueva sobre el valor del trabajo, el problema del desempleo y la miseria generalizada que vive la clase obrera y trabajadora.

La experiencia actual, determinada por la crisis económica y sanitaria, debe constituirse como una nueva oportunidad para nutrir la conciencia de las contradicciones que vivimos como clase, teniendo como objetivo la recomposición del movimiento popular, tarea permanente que dará el sostén organizativo e ideológico a la causa de las y los trabajadores. Las redes de apoyo y los Comités de Solidaridad popular que han nacido desde el seno de la clase son una respuesta organizativa frente a la crisis económica que azota de manera selectiva a los pobres. Esta es una respuesta desde la solidaridad y que nos ha permitido comenzar a construir poder y un camino de lucha concreto, poniendo sobre la mesa propuestas de transformación estructural de las relaciones económicas y sociales que sustentan la producción capitalista.

Los y las estudiantes, en su mayoría, se han limitado a mirar por la ventana el escenario actual sin participar como masa movilizada. Si bien, se puede entender debido a las características de la enfermedad, lo cierto es el ciclo estudiantil hegemonizado por el progresismo ha comenzado a agotarse haciendo caer el movimiento estudiantil a estadios de inorganicidad e irrelevancia total. La respuesta de las y los estudiantes revolucionarios debe ser pasar rápidamente a la ofensiva, haciéndose parte activa en los lugares que habitamos de instancias de solidaridad organizada, aportando con conocimiento y disposición a las tareas urgentes que la pandemia demanda. Debe ponerse sobre la mesa el carácter voluntario que han tenido los jóvenes chilenos y profundizarlo desde una nueva mirada ideológica que supere el asistencialismo y se instale desde una perspectiva de clase.

La solidaridad organizada debe transformarse en organizaciones permanentes que desarrollen un poder efectivo en cada territorio superando y separándose de la beneficencia oportunista efectuada por el gobierno, el parlamento, los alcaldes y sus partidos. Todos quienes pretenden lavarse las manos en los medios de comunicación de su rol como administradores y profundizadores del capitalismo chileno y que ahora por medio de la entrega de cajas de hambre, buscan mostrarse condescendientes ante la pobreza.

Nuestra respuesta es la organización de Comandos Territoriales en el corazón de cada comuna popular como un espacio de confluencia de pobladores, trabajadores, estudiantes y el pueblo en su conjunto para resolver de manera efectiva y directa la crisis sanitaria y económica del capitalismo chileno desde el escenario donde vivimos. Se deben articular las diversas iniciativas solidarias, su capacidad de gestión, abastecimiento y organizar espacios de protesta y defensa frente a la represión estatal. Nuestra respuesta debe ser la construcción de poder para enfrentarnos a la hegemonía de los alcaldes y sus municipalidades combatiendo desde el poder revolucionario los gobiernos capitalistas que han controlado los territorios populares de Chile manteniendo, hasta ahora, un desarrollo pacífico del capitalismo.

[1] Boletín estadístico empleo trimestral marzo abril mayo.

[2] Documento metodológico: encuesta nacional del empleo

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