Viviendo la crisis sanitaria: Me matan si no trabajo, y si trabajo me matan

Llevamos 6 meses en esta situación. Primero las medidas de distanciamiento social y luego las cuarentenas. En este tiempo han hablado del enemigo invisible que nos asecha y nos exige la unidad nacional, que cada cual aporte con lo suyo; se nos pide que nos apretemos el cinturón y ante el primer oleaje de contagiados se nos bota a la calle, y se nos suspenden los contratos, con la rebaja de sueldos incluida y el miedo constante a sumarnos al “ejército de cesantes” que se multiplica en nuestras poblaciones.

Muchos de nosotros y nosotras, incluso en universidades elitizadas como la Universidad de Chile, somos parte de esta realidad. Nuestros padres, con el carácter que curte la condición de clase trabajadora y las expectativas de un futuro mejor para sus hijos, se sobre exigen a diario, frente a un sistema que nos niega una vida digna y segura, sin sobresaltos.

La crisis del Covid no es nada nuevo para nosotros, quizás el “terrorismo mediático” de la desinformación, las improvisaciones de los politiqueros de siempre han amplificado el problema, con gran ayuda de un sistema que difícilmente podrá responder: una salud miserable, la desorganización de nuestra gente y la ineficiencia del aparato municipal, sin capacidades científicas.

No le restamos importancia a la situación sanitaria, pero lo que pasa hoy es tan común para nosotros, que algo explica la parsimonia e indiferencia con la que nuestra clase ha enfrentado las medidas restrictivas. Los colapsos hospitalarios son una realidad año a año. Se nos olvida que nuestras familias más de una vez han tenido que esperar en una precaria silla de oficina (en el mejor de los casos) en la sala de espera de alguna urgencia hospitalaria, mientras algún funcionario de salud sobredemandado revienta la vena del brazo intentando inyectar paracetamol. O que la demora en las atención y exámenes profundiza nuestras enfermedades regularmente, es más, a muchas de nuestras vecinas en el mismo marzo del presente año les llego el llamado del consultorio por la hora pedida hace 3 años, de una dolencia que termino derivando en una enfermedad crónica.

Y si hablamos de nuestros trabajos el asunto va por donde mismo. Si miramos los números globales resulta impresionante como aumenta el número de empresas cerradas e inactivas y el aumento del desempleo y sus sombrías proyecciones. Pero esta situación supuestamente excepcional, es nuestra normalidad. Se olvida que los trabajos del pueblo son precarios, que la cesantía nos asecha constantemente, que el nuevo proletariado del sector servicios vive contantemente saltando de pega en pega con intertantos de cesantía. Se olvida que el comercio informal ha sido hace años la respuesta del pueblo ante la falta de empleos y bajos salarios. El sueldo se completa en la cola del persa y la feria, sumando, con horas extra incluidas trabajo de lunes a domingo de 8 a 8. Y a pesar de este sobreesfuerzo, una crisis, un terremoto, una pandemia, de un día para otro nos bota a la calle.

Esta es la realidad de la mayoría de nuestro país y explica que la movilidad en las ciudades en cuarentena no haya bajado sustantivamente. La gente sale a trabajar, a vender lo que puede arriesgando su salud, exponiéndose al contagio.

Nos “matan” si trabajamos, porque somos la carne de cañón de la economía, para que al final otros se apropien y se llenen los bolsillos con nuestro trabajo. Por otro lado, si no trabajamos, también “nos matan”, porque nos piden que tengamos paciencia, sin trabajos, con sueldos míseros y migajas, bonos irrisorios y canastas que duraran 2 semanas, mientras nos siguen exigiendo que respetemos las medidas de confinamiento y aceptemos el asedio policial.

Pero respondemos con lo que tenemos. El pueblo comparte lo poco que tiene y lo pone a disposición de todos. Desde la solidaridad más básica para algún vecino, la rifa, las lotas, los beneficios, etc. Pero también la solidaridad más profunda que revive las históricas jornadas de resistencia al hambre, que en pleno siglo XXI y en la falsa sociedad de clase media, emerge con fuerza.

El pueblo también sabe luchar. Una pequeña réplica de lo que fueron las gloriosas jornadas de protesta y violencia popular, se vivieron en El Bosque, La Pintana, Antofagasta y otras comunas populares, lo que revivió los miedos de los poderosos que hoy salen desesperados a responder con nuevas migajas, con parafernalia mediática turnándose entre alcaldes y personeros gubernamentales.

Nos matan si no trabajamos y si no trabajamos nos matan, pero esto será solo hasta que hagamos la Revolución, nos tomemos el poder y cambiemos todo lo que deba ser cambiado, sin concederle nada a aquellos que durante décadas nos han traicionado. El 18 de octubre nos devolvió la esperanza en las masas y nos desafió como jóvenes, como militantes de esa Izquierda Revolucionaria que debemos hacer crecer.

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