Los dos caminos realmente en juego en la coyuntura constitucional

Entre la desconfianza resignada y la decisión de fortalecernos como movimiento popular.

El plebiscito de hoy 25 de octubre, trazado como el primer hito en la festividad de la democracia, alimentado por todo el arcoíris de sectores de la institucionalidad política y extra parlamentaria, diversos sectores del pueblo han levantado un cuestionamiento en torno a la validez y lugar del pueblo dentro del proceso constitucional, cuyo debate se encontraba inicialmente encerrado en la falsa confrontación entre apruebo y rechazo.

Hablamos de una falsa diferencia entre el apruebo y el rechazo que se demuestra en cómo se ha desdibujado la posición entre la tradicional derecha e izquierda[1] durante las últimas décadas, y específicamente entre gobierno y oposición en esta coyuntura. Esta confluencia se ha expresado desde que el conjunto de actores se alinearon el 15 de noviembre bajo el objetivo estratégico de relegitimar y dar continuidad a su gobernabilidad, vía el itinerario electoral y controlado proceso de construcción de una nueva constitución, aunando esfuerzos para “civilizar” la protesta popular y retornar a la normalidad, resguardándose de todo cuestionamiento estructural al modelo de explotación neoliberal.

Dentro de todo el abanico de sectores que se han posicionado por respaldar el proceso, convocando al pueblo a participar -desde el Partido Republicano de J.A. Kast, hasta pseudo sectores anarquistas extra institucionales- existe el acuerdo común de iniciar un cambio constitucional como salida al descontento popular estallado en octubre pasado. Algunos buscan mantener un lugar político, diferenciándose y manteniendo su porción electoral con la opción del rechazo; otros derechamente se lavan las manos respecto del modelo que han perfeccionado, prometiendo cambios profundos. Estos dos sectores, que hoy copan el parlamento, sin duda serán protagonistas a lo largo del proceso, ya sea con rostros renovados o con aliados independientes con intereses comunes.

Otros sectores, hoy por fuera de la institucionalidad, y un sector importante del pueblo, depositan su confianza en que la constitución traerá cambios o mejoras para la vida del pueblo, alojando en la vía institucional la conquista de aquello que históricamente le pertenece al pueblo, evidenciando lo que constituye nuestra principal debilidad, la capacidad de copar el escenario con protagonismo de lucha, demandas y reivindicaciones claras, combatividad y organización popular de masas. Sin duda, una de las principales deudas que tenemos en términos políticos, incluso en la experiencia chilena del último siglo, es tomar esas pequeñas confianzas en la institucionalidad política enemiga, y depositarlas en un pueblo históricamente rezagado políticamente. Si confiamos en su capacidad de multiplicar su organización, unidad y lucha, la dispersión presente en esta coyuntura no serían tales.

Lamentablemente, en términos de prioridades políticas y tareas, abocar todas nuestras energías en la “esperanza” de que la nueva constitución y el proceso nos deje algún rédito, incierto y cercado por todas las amarras de un poder económico y político completamente alineados y protagonistas del cambio constitucional, ya sea con el programa neoliberal o sus títeres constituyentes, nos aleja de la prioridad de fortalecer la organización popular, tan necesaria para volver a golpear con fuerza, reivindicaciones y un programa popular, que nos permita saltar del estallido popular a la constitución en poder propio como clase. No podemos renunciar al horizonte de cambiar todo lo que debe ser cambiado, sin conformismos y con proyecto político.

Si bien toda la institucionalidad política, los medios de comunicación y el debate público se ha visto reducido a las opciones en el papel, para aquellos que se identifican realmente en la vereda del pueblo y tienen la genuina preocupación por salir fortalecidos tras un 2019 de lucha y un 2020 de duros golpes, el camino y las prioridades debe estar en hacer fuerte esa organización popular, masiva, con convicciones, con experiencia, sin duda que será capaz de golpear con más fuerzas haciendo temer a todo el poder, conquistando la dignidad y el protagonismo que merece.

No votamos, solo en la capacidad y lucha del pueblo confiamos.


[1] La mal denominada izquierda chilena, que medio siglo atrás se referenció con el proyecto socialista, abandonó el proyecto de clase y se posicionó derechamente como una fuerza capitalista, bajo el manto político de concertación que suponía derrotar la dictadura, abrazando el proyecto neoliberal y perfeccionándolo, introduciendo y creando mercados en todos los ámbitos de la sociedad.

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