Nuevo año virtual, nuevo año de precaria formación profesional.

¡A organizarnos y luchar por una formación de calidad!

Tal como el comienzo de la pandemia en nuestro país alteró todo el funcionamiento de la ciudad y sorprendió a supuestos expertos y autoridades, el comienzo del año académico 2021 en las universidades no dista mucho de ese marzo 2020 de virtualización de emergencia, en que la última preocupación y prioridad de estas instituciones fue resguardar la calidad formativa, ante el interés por mantener aranceles, fondos y sus arcas llenas.

Este 2021 nos enfrentamos nuevamente a un año completamente virtual, en que el tiempo y la experiencia de un 2020 marcado por la precarización, o más bien, sobreprecarización formativa, no parece significar ningún cambio sustancial, sino que al contrario, bajo el argumento sanitario se han ahorrado voluntades reales de entregar una formación presencial, práctica y adaptada a las condiciones de semi-confinamiento que ha impuesto el virus.

Hablamos de un sobreprecarización porque no podemos decir que la formación profesional universitaria antes de la pandemia, es decir, en modalidad presencial, no tuviera falencias profundas que responden a la lógica mercantil del conjunto de la educación superior, en que el fin es más bien la entrega de cartones y egreso de grandes masas de profesionales, pasando por alto la calidad de esta formación, sus propósito y la capacidad de no solo insertarse profesionalmente en el mercado, sino que resolver desafíos sociales relevantes que marcan a la sociedad chilena actual de desigualdad e indignidad en todos los aspectos de la vida.

Desde el comienzo de la pandemia, el mayor esfuerzo de las universidades a la hora de tomar medidas, fue promover la virtualización de las clases con el propósito continuar obteniendo ganancias o aumentarlas a costa de una enseñanza totalmente simplificada en costos, operaciones, logística y, lo más grave, el vínculo y relacionamiento social que debiera ser central en todo proceso educativo.

Nuestros académicos argumentaron que continuar con el pregrado y no perder contenidos era la forma de estas instituciones de ayudar al país, y el rector declara a la prensa con total complacencia como exitosa la virtualización de la docencia. Este supuesto éxito no fue más que transformar la educación en la entrega de chips y equipos como computadores y tablets, según la capacidad económica de cada facultad, para que las y los estudiantes pudieran conectarse a clases.

Al mismo tiempo la situación se vuelve aún más paradójica cuando se alaba el supuesto rol social y compromiso de la Universidad de Chile, en que tras 1 año completo en que hemos visto cómo sólo el pueblo trabajador no tiene posibilidad de confinamiento, y en caso de hacerlo pierde su sustento, vive salas de espera colapsadas y que los supuestos proyectos de ventiladores mecánicos o una vacuna fabricada por las universidades nunca han llegado.

Todo el 2020 vimos cómo esta propuesta de avanzar con el año académico y “no perder el tiempo” solo ha hecho consumir nuestras becas y créditos con clases online de cuestionable calidad y efectividad, pero aún más grave, es que parte de nuestro paso por la universidad – que se ha anunciado durará al menos dos años– se transforme en un enorme vacío de contenidos, experiencias prácticas y brechas formativas de las que nadie se hace cargo seriamente.

Mientras tanto las universidades y académicos privilegiados -que sacando cuentas son uno de los muy pocos trabajadores que se han mantenido en confinamiento todo este período- han tenido espacios y dado prioridad a abrir o potenciar otros nichos de acumulación individual a costa de la virtualización, disminuyendo sus horas dedicadas al vínculo y trabajo con estudiantes para impartir docencia a grandes números de estudiantes en salas de zoom masivas, o clases en múltiples casas de estudios y abriendo una nutrida oferta de nuevos  cursos de especialización, diplomados y talleres, que parecieran ser la única alternativa para cubrir la brecha con que cargaremos como futuros profesionales, claramente, a costa de pagar.

Vemos un mercado educativo fortalecido, al igual que muchas otras injusticias e intereses que se han enriquecido con el dolor popular que ha significado esta pandemia. A esto se suma la intrascendencia del movimiento estudiantil en este escenario. Previo al comienzo de la pandemia en marzo de 2020, ya resultaba evidente la desintegración de la organización estudiantil universitaria. 

La pérdida total de la presencialidad, de relaciones sociales y académicas, y la virtualización forzada de la enseñanza vinieron a profundizar y desfavorecer aún más la alicaída organización estudiantil. La pandemia también ha puesto los últimos clavos al ataúd de la política estudiantil, lo que se exhibe a simple vista en que frente a la crisis actual de la educación la FECh y la CONFECh han estado totalmente ausentes.

No podemos seguir mirando con pasividad este escenario y dejar un nuevo año a la inercia. Los mayores perjudicados somos los y las futuras profesionales que, debieran, tener un rol y conocimientos para aportar a la realidad popular. Tampoco podemos seguir aceptando la segregación dentro y fuera de las universidades, donde quienes no han podido sobrellevar la virtualidad, sus familias han enfermado o han tenido que trabajar para solventar las consecuencias de las cuarentenas, paguen el costo simplemente congelando o desertando.

En este contexto, debemos rearticularnos y fortalecer la organización estudiantil, intencionando instancias presenciales y con medidas de cuidado que permitan el encuentro, debate y resolución colectiva de demandas y exigencias en la lógica de enfrentar estos problemas y su raíz. Creemos que algunas demandas clave son:

  1. Exigir la organización y realización presencial de todos aquellos contenidos esencialmente prácticos, fundamentales para la formación profesional, en cuanto las cuarentenas se superen. Dar respuesta a todas esas carreras en que el proceso de aprendizaje es fundamentalmente práctico como las artes, las ciencias y su dimensión experimental, y el conjunto de instancias prácticas en la salud y educación.
  2. La universidad debe poner sus espacios y recursos a disposición de todos quienes lo requieran como bibliotecas, espacios de estudio, salas y espacios para la organización estudiantil. No podemos desarrollar un año más en que quienes no disponen de un espacio o recursos quedan a la deriva o en que se niega la posibilidad de desarrollar un estudio o trabajo colectivo entre estudiantes.
  3. Construir planes, protocolos sanitarios y horarios para la apertura de las universidades lo antes posible, priorizando este lugar como un espacio de estudio colectivo, donde se puede disponer de los docentes para el apoyo en la formación. Estos protocolos y horarios deben ser hechos considerando a las y los trabajadores que se desempeñan en la universidad.
  4. Abrir espacios de trabajo, acción y vinculación asociado a las distintas áreas del conocimiento, que convoquen abiertamente a académicos y estudiantes a trabajar de manera colectiva e interdisciplinar en las múltiples necesidades y carencias que ha generado la pandemia para el pueblo y la vez, otorguen experiencias significativas de aprendizaje hasta hoy ausentes, como prácticas profesionales, pasantías y otros.

Durante la crisis de la pandemia han emergido las verdaderas prioridades del sistema educativo. “El estudio podía esperar”, pero en realidad el pueblo nunca dejó de trabajar ni de luchar por su sobrevivencia. Un año y medio completamente virtual y con bajos aprendizajes si remece profundamente la formación de las y los estudiantes populares, aquellos para los cuales esta es la única oportunidad de estudiar en la educación superior y donde sus familias han sido las más golpeadas por la crisis sanitaria. 

La lucha popular también debe darse en la universidad y esta no es más que la lucha por una educación de calidad e igualitaria. Debemos derribar la exclusión, segregación e injusticia que ha implicado la educación virtual y también denunciar la paupérrima formación que las autoridades universitarias esconden bajo el discurso del éxito de la virtualización. Calidad e igualdad son ambas condiciones para que la universidad sea un lugar de formación de profesionales comprometidos con las necesidades del pueblo y cuenten, en un futuro, con elementos para resolver las necesidades de nuestra sociedad.

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